Por Víctor Campos
La política mexicana es, por definición, un teatro de símbolos. En Quintana Roo, donde las formas suelen ser tan profundas como el fondo, la reciente inauguración del Puente Vehicular Nichupté no solo dejó una megaestructura de 8.8 kilómetros; dejó, sobre todo, una postal de exclusión que ha comenzado a generar ruidos incómodos en los pasillos del poder estatal.
Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo cortaba el listón de una obra clave para el desahogo vial de Cancún —un proyecto de más de 5,500 millones de pesos diseñado para aliviar la saturación del Boulevard Kukulcán—, el escenario servía para el «lucimiento» de la clase política local. Sin embargo, hubo ausencias en el templete que pesaron más que las presencias.
Llamó poderosamente la atención ver al senador Eugenio «Gino» Segura, junto a la alcaldesa de Benito Juárez, Ana Patricia Peralta, observando el evento desde el área común, separados por las vallas metálicas. Lo que podría interpretarse como un simple error de logística o un gesto de «humildad» se torna sospechoso cuando se analiza el historial reciente: Esta es la segunda ocasión consecutiva en que el senador Segura es relegado al otro lado de la barrera. Sucedió primero en Felipe Carrillo Puerto y se repitió ahora en el corazón de su bastión político.
Mientras la gobernadora Mara Hermelinda Lezama mantiene una cercanía envidiable con la Presidenta, en un contraste del poder, sus cuadros más visibles —y aspirantes naturales a la sucesión— parecen estar recibiendo una dosis de «baño de pueblo» forzado.
Desde el centro del país, la narrativa de la «Cuarta Transformación» bajo el mandato de Sheinbaum ha intentado marcar una distancia de los viejos vicios del protagonismo desmedido. No obstante, en el contexto local, Gino Segura no es cualquier legislador; es la pieza que la gobernadora ha movido con mayor insistencia en el tablero sucesorio de Quintana Roo.
«En política, lo que parece, es». Si la instrucción de la avanzada presidencial fue mantener a los aspirantes fuera del encuadre oficial, el mensaje es claro: los tiempos de la sucesión no los dicta el estado, sino Palacio Nacional.
Para Ana Patricia Peralta, la situación es igualmente delicada. Gobernar la ciudad más importante del estado y no estar en el estrado de una obra que transforma su propia demarcación, sugiere un ajuste en la jerarquía de las prioridades federales.
¿Es una estrategia de la Presidenta para evitar el «gandallismo» electoral de cara a los próximos comicios? ¿O es acaso una señal de que el favoritismo de la gobernadora hacia ciertos perfiles no cuenta con el visto bueno total en la capital?
Lo cierto es que, mientras el puente Nichupté promete conectar la zona hotelera con el centro urbano, la clase política quintanarroense parece estar encontrando nuevas barreras, no de concreto, sino de metal y protocolo, que los mantienen a una distancia prudente del centro del poder real. En Quintana Roo y en el Caribe, donde el sol brilla para todos, la sombra de la valla empieza a calar hondo.
¿Crees que este trato hacia los cuadros locales de Morena responde a una estrategia nacional de control de imagen, o es un síntoma de falta de peso político individual frente a la Federación?
