Por Víctor Campos*
La historia se repite, pero esta vez con una crudeza que duele. El desalojo violento en la parcela 186 del ejido Playa del Carmen no solo dejó cenizas y miedo entre familias vulnerables, también dejó al descubierto la hipocresía política de quienes prometieron justicia social y hoy empuñan el garrote del poder.
Durante la campaña electoral, Antón Bojórquez —hoy director de Desarrollo Económico del Ayuntamiento de Solidaridad— fue señalado como uno de los principales promotores de invasiones. Reunía a familias humildes, les ofrecía asesoría jurídica y les prometía la regularización de terrenos a cambio de votos para Estefanía Mercado, entonces candidata, hoy presidenta municipal. Los testimonios de los desalojados son claros: fueron parte de una maquinaria electoral que se decía “del pueblo” y “para el pueblo”.
Pero este martes, ese mismo gobierno que los sedujo con discursos de empatía y justicia social envió a la policía a desalojarlos. El operativo terminó en caos: fuego, balas de goma, mujeres llorando, niños corriendo entre el humo. Un camión de la Secretaría de Seguridad fue incendiado, cinco personas detenidas, y decenas más quedaron atrapadas entre el miedo y la traición.
La ironía es brutal. Los mismos operadores que hace un año les prometían tierra y asesoría jurídica, hoy los llaman invasores y delincuentes. La presidenta municipal, que en campaña pedía “voluntad política con los más necesitados”, ahora los trata como enemigos del orden. ¿Qué cambió? Nada, salvo que el costo político ya no les preocupa.
El comunicado oficial del Ayuntamiento intenta maquillar el desastre, hablando de “deforestación ilegal” y “protección ambiental”. Pero detrás de ese discurso, hay una verdad incómoda: fueron ellos quienes promovieron esos asentamientos con fines electorales. El asentamiento Gloria Escondida fue tolerado durante la campaña. Nadie intervino entonces. Hoy, las mismas autoridades se lavan las manos.
Las imágenes del desalojo contradicen cualquier narrativa de bienestar. Mujeres con lágrimas en los ojos, niños con miedo en la mirada, familias que un día cargaron banderas y confiaron en promesas que hoy se han convertido en cenizas. La “prosperidad compartida” que presume Estefanía Mercado parece tener apellidos y colores partidistas.
Este episodio no es solo un desalojo. Es una traición política disfrazada de progreso. Es el recordatorio de que, en tiempos electorales, la empatía se convierte en herramienta de manipulación, y que los votos de los pobres se compran con promesas que nunca se piensan cumplir.
* Víctor Campos es un periodista con más de 30 años en la actividad, desempeñando diversos puestos en periódicos de la entidad como Diario de Quintana Roo y Por Esto, así como medios digitales como Informativo Quintana Roo. Ha participado en la administración pública estatal y municipal con puestos directivos relacionados con la comunicación social, por lo que conoce también el entramado de la gestión pública. Actualmente desarrolla proyectos de comunicación propios en radio y televisión.
