Por Víctor Campos
En el discurso público de Morena, la palabra sagrada es «unidad». Se pronuncia con solemnidad casi religiosa, envuelta en consignas de lealtad al movimiento y respeto a los «tiempos electorales». Sin embargo, basta con asomarse a la trastienda política de Othón P. Blanco para comprobar que la realidad capitalina es muy distinta: la sucesión municipal ya comenzó, y la tan cacareada fraternidad partidista no es más que una fachada que apenas disfraza el crujir de navajas por debajo de la mesa.
La hipocresía en esta contienda prematura se manifiesta en la sutil dualidad de sus protagonistas. Todos dicen acatar la encuesta y cerrar filas, pero mientras declaran su amor a la causa, arman los expedientes con los que buscan aniquilar políticamente a sus propios compañeros de partido.
Por un lado, Luis Gamero Barranco opera el territorio desde las tripas del Ayuntamiento como Secretario General, presumiendo números, liderazgo y movilización social. No obstante, el tufillo de la simulación reaparece inevitablemente con su pasado: el expediente por violencia política de género que en 2021 le costó la candidatura sigue ahí, guardado en el cajón de sus adversarios. En Morena lo saben bien: ese antecedente no se guardará por justicia, sino que se sacará a relucir como munición mortífera en el momento justo en que la pugna interna se ponga fea.
Por otro lado, Elda Xix Euán juega las fichas del gabinete estatal desde la Secretaría de Educación. La paradoja de su posición es que, pese a cargar con descalabros y descontentos en el sector magisterial, su verdadera fortaleza no radica necesariamente en la simpatía ciudadana ni en la eficiencia administrativa, sino en la pura conveniencia táctica del género. La paridad de género corre el riesgo de ser utilizada no como una bandera de auténtica equidad, sino como el garrote institucional idóneo para descarrilar rivales masculinos antes de que puedan tocar el balón.
Detrás de este tablero se mueven las sombras de la alcaldesa Yensunni Martínez —que se retira afirmando que no buscará cargo, pero reteniendo la estructura municipal— y la órbita de la gubernatura con Mara Lezama. Entre acuerdos cupulares y la frialdad de las encuestas, la militancia asiste a un teatro donde la decisión final rara vez responde a los ideales democráticos que pregonan.
Mientras Morena gasta munición en esta guerra de golpes bajos, la oposición observa desde la acera de enfrente, consciente de que el verdadero enemigo del oficialismo en Chetumal no es Movimiento Ciudadano, sino la soberbia de un partido que suele devorarse a sí mismo. Chetumal ya ha demostrado en el pasado que no duda en castigar el cinismo. La verdadera pregunta para la sucesión capitalina no es quién tiene más mérito o quién ganará una encuesta, sino una mucho más cruda y desgarradora: ¿a quién le darán el paso y a quién le meterán el pie?
