El exceso del poder gubernamental en contra de un notable periodista campechano ha puesto muchas barbas en remojo. El ejercicio del poder, llevado a esos extremos, es intolerable, sobre todo por las terribles consecuencias que eso implica.
Si un notable personaje cuya máxima valía es su pluma, es vapuleado con todo el rigor del Estado, no quiero imaginarme qué será con un cristiano común y corriente en situación parecida.
Todos estamos en grave riesgo cuando el raciocinio de los poderosos cascabelea de tan fea manera.
Un gobernador, cuando está en el cargo, no tiene amigos.
Tiene cómplices, tiene empleados, tiene aduladores.
Los jefes del ejecutivo, por razones obvias, gozan de un brutal poder político y económico. La mayoría se toma muy en serio eso de que una hoja no se mueve ni un milímetro si ellos no lo indican. La mayoría se pierde dentro de esas toneladas de baba tan cautivadora que a cada instante les repite que no hay nadie más poderoso que ellos.
Y entonces cometen atrocidades de todo tipo. Piensan que el mundo gira alrededor de ellos. Y puede que sí, pero solo un sexenio. Ya luego se les estampa en el rostro la brutal realidad de volver a ser uno más (pudientes millonarios, pero hasta ahí nada más).
Hay ex gobernadores que jamás podrían llegar a un evento público sin que se lleven un ensordecedor abucheo. La gran mayoría -existen sus muy honrosas excepciones, claro-, andan huérfanos con respecto al cariño público. Hoy, ni quién dé un peso por ellos. Son una especie de apestados que deambulan como almas en pena, siempre propensos a que en la calle cualquier hijo de vecino los mande a la “tiznada”.
Los comunicadores tenemos una enorme ventaja sobre ellos, que se van culminando su periodo, mientras nosotros aquí nos quedamos haciendo lo que más nos gusta y por lo que en el futuro seremos recordados.
A los gobernadores hay que tratarlos de lejitos. Estar muy cerca del sol, chamusca, de allí que los maestros del periodismo aconsejen guardar siempre una prudente distancia. Es más reconfortante -debería serlo- el saludo sincero de un albañil (mis respetos para ellos) que te leyó y te lo festeja, a que un gobernador te dé una palmada en la espalda nada más por salir del paso.(Del muro de Nico Lizama)
